Juan Martín Prada
Vínculo-a(fectivo) (2006)

Aunque la afectividad siga siendo un “perturbador enigma”, parece actuar como el primer vínculo para la interacción humana o, más bien, como el que antecede (vínculo A, primero o primario) a todos los demás en esta función, es decir, a los vínculos profesionales, económicos, políticos, identitarios o a los generados por afinidades lúdicas. Probable conjunto de representaciones psíquicas de las pulsiones, la afectividad es punto de arranque en la generación de toda sociabilidad.

La afectividad es una experiencia corporal que media entre el individuo y el pre-individuo, siendo seguramente la parte del psiquismo que más activamente hace que el organismo devenga cuerpo. Indudablemente, se halla situada en un territorio entre lo cultural y lo biológico, y por ello la generación de los afectos sólo puede ser comprendida en una compleja dinámica, a veces opuesta, entre naturaleza y cultura.

La afectividad apunta a la virtualidad del mundo, a su potencial de ser para el sujeto, para su propio existir, al indicarle que no es una parte completa de la realidad. Exige un permanente exceso o exteriorización del individuo, su rebasamiento, evidenciado en el conjunto de sus inclinaciones por los otros del mundo o por las cosas, por la propensión del sujeto a querer. Es punto de enlace primordial entre afuera y adentro, entre individualidad y sociabilidad. La sintonía afectiva, el afecto conjunto, es base elemental para una verdadera interacción entre las personas. Hay toda una dependencia entre afectividad e interactividad, en la profundidad de lo que supone “el estar en contacto”.

Independientemente de la relación o dependencia de la afectividad de la química del cuerpo, lo que resulta indudable es que la afectividad es un vínculo estético, es el vínculo que se genera con el mundo, sus objetos, entornos y seres a través de las emociones sobre el mundo, el de los sentimientos que produce el afectar y ser afectado por aquél. Quizá por ello, la afectividad sitúa tan claramente a la estética en un lugar prepolítico (y de ahí probablemente su inmenso potencial revolucionario). Con lo que proponer un análisis de los encuentros afectivos es tratar de incidir sobre la base de lo político, incluso sobre lo que está antes de las formas de la organización que supone la ética.

Y aunque la esfera de los afectos sigue siendo uno de los campos menos estudiados de las ciencias del comportamiento, las diversas aportaciones realizadas en las últimas décadas han abierto una importantísima brecha mediante el reconocimiento, al menos, del papel de la afectividad en la producción de sentido y significado, en virtud de lo cual esta relación se muestra ya especialmente relevante, por ejemplo, en el desarrollo de las nuevas teorías educativas, en las que la constatación de la imposible separación entre cognición y afectividad conforma hoy uno de sus núcleos metodológicos más esenciales.

Por supuesto, la intrínseca relación entre afectividad y experiencia estética hace que muchas de las manifestaciones de la creación artística se presenten como los más interesantes caminos para aproximarnos a los problemas que asolan la esfera de los afectos humanos en la sociedad contemporánea. Un activo desarrollo en la investigación de esta relación podría ser capaz de evidenciar las conexiones e interrelaciones entre estética y biopolítica, poniendo de manifiesto, quizá y en última instancia, que las políticas de la afectividad, su producción, gestión y manipulación son, en realidad, las estéticas del biopoder contemporáneo.

Un paso en esa dirección es lo que pretende este proyecto. Para ello, los textos que siguen tratan de presentar, fundamentalmente, aproximaciones a los problemas surgidos en torno a la naturaleza afectiva de la producción biopolítica, así como a los procesos de de insensibilización y automatismo impuestos por el cibertiempo. Las propuestas artísticas seleccionadas, por otra parte, evocan todo un conjunto de referencias en torno a los deseos de contacto personal y afecto a través de las redes, a sus frecuentes formas camufladas de engaño o ficción, o a sus formas narrativas. También se darán cita aquí alusiones a esa cálida sinceridad de los imaginarios afectivos amateur que con cada vez más fuerza proliferan en la web, así como a la gélida desafección que caracteriza los encuentros casuales entre las personas en los espacios de tránsito de las grandes ciudades y, cómo no, a las sutiles fronteras, a menudo más que borrosas, entre cuidado y control, entre afectividad y sometimiento.